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Nereida

Cuando estaba convaleciente de mis heridas, solía salir a pasear sola por la playa de la Arrabasada.


Algunas veces pude ver como las nereidas jugaban saltarinas en los rompientes de las olas de una tormenta invernal.


Siempre fueron para mi fuente de alegría y esperanza.


Por ello, aquella noche, cuando las luces de las fogatas del enemigo iluminaban las crestas de la sierra... mientras el personal sanitario del hospital apilaba muebles en las vías del ferrocarril y trataba de encender una hoguera que detuviera un tren para poder evacuar a los heridos, me acerqué a la orilla de la playa para despedirme de ellas y llorando les canté una bella canción:



Lascia ch'io pianga mia cruda sorte,

E che sospiri la libertà!